POLÍTICA CAMBIARIA
- alicia Neira Astete
- 15 sept 2021
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 24 sept 2021
La política cambiaria busca mantener el precio del dólar estable para que se beneficie la economía.
Cuando hay muchos dólares, el dólar baja de precio se benefician los importadores porque la mercancía le sale mas barata. Cuando hay pocos dólares, el dólar sube y se benefician los exportadores porque pueden recibir mas dinero por los productos o servicios que venden.
La política cambiaria es el conjunto de decisiones del banco central acerca del manejo de la tasa de cambio entendiese esa como el numero de monedas extrajeras que se deben recibir por una moneda local.
Los objetivos de la política cambiaria son:
1. Controlar la devaluación o desvaluación de la moneda
2. Incrementar las reservas internacionales
3. Mantener una tasa de inflación baja y estable
4. Mantener la estabilidad de precios
5. Incrementar la competitividad de las exportaciones
Existen 3 tipos de políticas cambiarias las cuales son:
1. Fija, quiere decir que el valor de la moneda se sujeta a otro valor de referencia.
2. Flexible, en esta oportunidad el valor de la moneda se ajusta al valor del mercado.
3. De bandas, en este sistema se toma como valor como referencia dos divisas y cuando el valor de una de ellas disminuye, en cuanto a la otra se dice que la tasa de cambio aumenta.
Cuando se adopta un tipo de cambio fijo, éste pasa a ser el ancla para los precios y la inflación. Al fijar el tipo de cambio, las autoridades pierden el control sobre la política monetaria, por cuanto deben estar dispuestas a comprar y vender cualquier cantidad de moneda nacional a cambio de divisas para mantener la paridad. Si el público quiere desprenderse de la moneda doméstica, el dinero caerá, pues será cambiado por dólares a la paridad fija; se pierde así el control de las tasas de interés. Si la autoridad no está preparada para proveer toda la moneda extranjera que se demanda a la paridad fija, ésta no será sostenible. Este esquema se ha sugerido para economías con alta volatilidad monetaria y baja credibilidad inflacionaria, en las cuales resulta más conveniente renunciar al uso de la política monetaria con propósitos estabilizadores. Claramente, no es esa la situación de nuestro país. En el otro extremo, en un régimen de tipo de cambio libre, el mercado es quien decide el nivel de esta variable. En este caso, la autoridad puede controlar la política monetaria. El ancla para los precios y las expectativas es la meta de inflación. No obstante, la flotación pura en su sentido más estricto no existe, ya que las modificaciones en las tasas de interés tienen efectos cambiarios. Al modificar las tasas de interés domésticas, los bancos centrales cambian las condiciones de arbitraje y la composición de la cartera de los inversionistas, con lo cual el tipo de cambio se ve afectado. Además, en prácticamente todas las experiencias conocidas, los bancos centrales, por un conjunto de razones que expondré más adelante, intervienen de manera directa en el mercado cambiario, a través de la compra y venta directa de divisas. Si los bancos centrales no desean cambiar la tasa de interés, para mantener la independencia de la política monetaria se deben “esterilizar” los impactos monetarios a través de operaciones compensatorias. Es lo que se ha estado haciendo en Chile. Para que la intervención no altere la tasa de política monetaria, cada vez que el Banco Central interviene vendiendo reservas debe reponer los pesos que ha retirado. En el transcurso de su historia, Chile no ha escapado a la experimentación en materia de regímenes cambiarios. En general, se adoptaron esquemas con alta intervención en el mercado, a través de fijaciones — de un valor fijo o una tasa de cambio preestablecida —, bandas de distinto ancho, etc. En distintas coyunturas, y diversos períodos, la gran mayoría de nuestras experiencias con regímenes de flexibilidad limitada muestra que esos sistemas terminan por agravar, en vez de suavizar, los ajustes macroeconómicos. La causa es siempre la misma: en una economía como la chilena, pequeña, abierta al exterior y rica en recursos naturales, el tipo de cambio real debe fluctuar de manera importante. Eso es lo que se observa en Chile a través de su historia (gráfico 2).

Algo similar ocurre en otras economías abiertas y con alta dotación de recursos naturales como Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Bajo estas condiciones, cualquier
camisa de fuerza para el tipo de cambio es muy costosa, en particular en períodos difíciles. Cuando hay rigideces, la moneda tiende a sobrevaluarse y pasa a ser un objetivo apetitoso contra el cual especular. Por ello, en septiembre de 1999, el Banco Central adoptó un régimen de flotación, el que tiene muchos beneficios. En primer lugar, ha permitido que la política monetaria pueda seguir siendo utilizada para conseguir el objetivo inflacionario. Además, ha que el tipo de cambio sea la principal variable que absorba los shocks externos. En vez de dejar que las tasas de interés y el PIB se ajusten bruscamente a las cambiantes condiciones externas, el tipo de cambio hace el ajuste más eficiente, es decir menos costoso, por la vía de cambiar las señales de asignación de recursos entre los sectores transables y no transables. También 3 se anunció que el Banco se reservaba la opción de intervenir en el mercado cambiario en situaciones de excepción.
En consecuencia, la razón fundamental para realizar, excepcionalmente, intervenciones es que los mercados pueden sobrerreaccionar, llevando el tipo de cambio a valores muy alejados de su equilibrio de mediano plazo. De ser así, es posible que estos cambios se traduzcan en aumentos innecesarios de la inflación y en malas señales microeconómicas. Depreciaciones excesivas podrían tener efectos contractivos sobre la actividad económica. Por ello, es necesario estar preparados para, de manera excepcional, proveer liquidez en moneda extranjera en momentos de turbulencia.


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